Por: Ricardo Mejía

La historia de México se compone de diversos capítulos, unos trágicos, otros gloriosos, cada uno de ellos sufrido o conquistado por mexicanas y mexicanos que, hartos de la opresión y en medio de un profundo descontento social, decidieron que valía la pena resistir en contra de los enemigos del país, nacionales o extranjeros; de esta manera nuestra Independencia, la Revolución y la Reforma, fueron construyendo nuestra vida nacional.

Sin embargo, uno de nuestros mayores referentes históricos y económicos, fue derribado en tan solo dos semanas, a manos de un puñado de traidores que representan los intereses de unos cuantos, y que lograron imponerlos por encima de todas las personas mexicanas, incluso de aquellas que depositaron en ellos su confianza a través del voto.

Aunque al mirar por las calles nos parezca que las cosas sigan igual, no lo son. La desesperanza, las preocupaciones constantes de todas las familias por la falta de empleo, por la falta de educación y por la falta de desarrollo económico, que agobian a la gran e inmensa mayoría de nuestro país no desaparecerán en mucho tiempo, ¿Y cómo podrían?, si hemos sido despojados de nuestra mayor fuente de ingresos, de nuestro petróleo, que ahora será explotado y controlado por las empresas trasnacionales que usufructuarán la principal fuente de riqueza de nuestra nación.

A lo largo de 5 días y horas, y con un acuerdo que limitó en todo momento el verdadero debate, haciendo imposible discutir seriamente y de fondo uno de los temas más importantes para el país, se le dio línea a las legisladoras y legisladores del PRI, PAN, Partido Verde y Nueva Alianza sobre el sentido de su voto, y ni una sola persona perteneciente a tan entreguistas bancadas fue capaz de rebatir, con hechos comprobables, que nuestros argumentos en contra no eran verídicos.

Nuestras objeciones en contra no carecían de cimientos, por el contrario, fueron expuestas a lo largo de diversas sesiones en comisiones en donde funcionarios del gobierno federal explicaron que no se compartiría la renta petrolera. En ese momento los desmentimos, porque desde que iniciaron las discusiones en materia energética sabíamos que las empresas privadas extranjeras no llegarían a nuestro país con el fin de regalar su trabajo sin percibir por él parte de nuestra riqueza.

¿Usted invertiría en un negocio en el que no percibirá ganancias? Nadie lo haría, mucho menos las empresas trasnacionales.

Sabemos además que Hacienda no va a poder fiscalizar adecuadamente a las petroleras, como tampoco ha podido hacerlo ningún otro país, incluso los que tienen mayor capacidad fiscalizadora.

Esto se agudiza aún más si consideramos que nuestra capacidad recaudadora es muy inferior a la de otros países, por ejemplo, en Brasil se recauda el 30% del Producto Interno Bruto, mientras que en nuestro país tan sólo se recauda el 10% y aun así, con mucho mayor poder, no pudieron fiscalizar a las petroleras, por lo que se decidió que los yacimientos debían ser operados por Petrobras, la empresa estatal.

Las modificaciones legales también lastiman al campo, permitiendo que las empresas trasnacionales “ocupen” un terreno para su exploración o explotación, y después regresen ese terreno a sus legítimos dueños cuando ya no sirvan, cuando estén marchitos. De nada servirá a los campesinos ser dueños de una tierra que ya no es fértil, o que se encuentra envenenada por técnicas como el fracking (fractura hidráulica) tierra que ya nunca podrán trabajar.

Además, se consolidó un gran rescate como el de FOBAPROA o el rescate carretero, convirtiendo en deuda pública los derroches de la cúpula sindical petrolera acumulados en una gigantesco pasivo laboral que ahora todos deberemos pagar. Lo que el PRI y el PAN nunca remediaron, ahora deberá ser pagado por todas y todos los mexicanos, aún por quienes no han nacido.

Estas reformas son las actas de defunción de PEMEX y de la CFE, ya que se busca quebrarlas y repartir los pedazos entre los empresarios. A la CFE le quedará la tarea de transportar y distribuir la energía, mientras que a Pemex se le dejará la exploración y explotación, dejando en un papel totalmente secundario: La transformación y la petroquímica, en el caso de PEMEX, y la generación de electricidad, tratándose de CFE.

Por todo lo anterior, el gobierno no quiere comprometerse a ninguna cifra de ingreso fiscal, medido en dólares por barril, para los barriles que extraigan las empresas privadas, están conscientes de todas las facilidades que están dando para que seamos robados de nuestros recursos.

Ningún legislador de la mayoría mecánica se comprometió a una baja de precios en luz, gas o gasolina, incluso cuando se “discutía” el último dictamen di a conocer el Gasolinazo número 21 en este periodo gubernamental. Nadie respaldó a Enrique Peña Nieto, ninguno de los integrantes de los partidos que lo llevaron a la presidencia dieron su palabra para apoyarlo en este tema. Saben que esas promesas sólo fueron hechas para conducir al pueblo a emitir un voto con engaños.

El General Lázaro Cárdenas entendió en 1938, que el único poder que puede resistir los embates de los intereses extranjeros es el dominio del Estado sobre los recursos naturales, y que éstos estén siempre al servicio del pueblo.

¿Qué seguridad nacional podemos garantizar a las mexicanas y los mexicanos durante los próximos años si esto ya no es así? Sin duda alguna, una crisis fiscal se avecina, y tal vez esa crisis será tan grave, que sólo a través del pueblo organizado se logre iniciar un nuevo capítulo, en donde los nuevos opresores que detentan el poder dejen de lastimar al pueblo.

El 2 de agosto se consumó la última de las reformas neoliberales: La privatización corrupta de nuestro petróleo, nuestros hidrocarburos y nuestra electricidad, para entregárselos a los extranjeros. El periodo extraordinario de sesiones será recordado como los días de la traición a la patria, un capítulo equivalente a aquellos días negros cuando Antonio López de Santa Anna entregó la mitad del territorio nacional. Antes fue una gran parte del territorio, en estos días fueron nuestros recursos más preciados. No obstante, a partir de este momento iniciamos la lucha para revertir estas contrarreformas conservadoras y volver a recuperar nuestro destino y nuestro desarrollo soberano.

Publicado originalmente en: La silla rota