POSICIONAMIENTO DEL DIPUTADO RICARDO MEJIA BERDEJA CON MOTIVO DEL 45 ANIVERSARIO DE LA MATANZA DE TLATELOLCO

“La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.” (Milán Kundera)

Hoy se conmemoran 45 años de la matanza de Tlatelolco, una de las expresiones más autoritarias y sanguinarias del poder en nuestro país. Mediante el uso de la fuerza del Estado se reprimió brutalmente al movimiento social y estudiantil de 1968.

Para algunos, el 2 de octubre no es más que una fecha conmemorativa, que buscan sumar al calendario cívico para expiar sus culpas. Para otros, el 2 de octubre es una fecha en un pasado remoto, en sus discursos plantean una vuelta a la hoja, y minimizan los acontecimientos.

El movimiento del 68 y su brutal desenlace es uno de los acontecimientos más trascendentes de México, que recuerda a una generación que luchó contra el autoritarismo, incitó a una permanente y más activa actitud crítica y opositora de la sociedad civil, y sentó las bases para comenzar a andar el camino hacia la democracia.

Los signos de regresión autoritaria de nuestros días encuentran muchas analogías con 1968 por el nivel de descontento y efervescencia social de nuestros días. Analogías que permiten concluir que cualquier parecido con la realidad, no es mera coincidencia.

El movimiento social de 1968 no surgió de manera espontánea. Existieron acontecimientos nacionales e internacionales que configuraron el escenario para que se expresaran jóvenes universitarios, maestros, intelectuales, profesionistas, amas de casa que reclamaron un mejor futuro y la apertura en un sistema cerrado.

1968 es un año significativo. En el mundo entero hubo manifestaciones a favor de la abrir los sistemas políticos a la participación plural, la defensa de la paz y los Derechos humanos, y en contra de la opresión. En países con regímenes tan distintos como Francia, Japón y Checoslovaquia existieron levantamientos de las juventudes para demostrar el rechazo total a las decisiones injustas de las autoridades.

Así como ahora somos testigos de movimientos como  la Primavera Árabe, los Indignados, yo soy 132 y el movimiento magisterial en México, en 1968 se gestaban movimientos como el “Mayo Francés” o la “Primavera de Praga”, entre otros, que en Europa, Estados Unidos y América Latina luchaban contra gobiernos autoritarios y corruptos.

Los jóvenes de entonces, como los de ahora, le reclamaban a la sociedad ¿Qué mundo heredaban? ¿Qué oportunidades tendrían al graduarse? ¿Qué les ofrecía la sociedad de consumo? ¿Qué les brindaba su país? ¿Deseaban realmente ser parte de un engranaje de producción masiva? En 1968 como ahora, las perspectivas de la juventud eran desoladoras, no había oportunidades de estudio, ni de trabajo.

El 2 de octubre el gobierno represivo ahogo en el terror la efervescencia cívica. Fue la fecha en la que jóvenes morirían en la Plaza, y a otros se les vejaría, desnudaría y encarcelaría; dando una clara muestra de que las autoridades mexicanas tienen todo el poder para esconder la verdad, cambiar las cifras a su favor, mentir y ocultar –hasta la fecha– la cifra exacta de personas muertas ese día.

A 45 años de distancia, hemos sido testigos de un país en el que el poder impone y negocia presidencias a costa del pueblo. Vivimos en un México bañado en sangre, donde las juventudes son víctimas silenciosas que la clase política no ha sabido defender.

Hemos sido testigos del desprecio de este sistema hacia los sectores más vulnerables de la población, que han sido expulsados de sus tierras por el hambre y la miseria.

De la masacre del 2 de octubre queda un recuerdo amargo. Las y los jóvenes de aquellos tiempos no tenían más armas que su juventud, sus voces, su libertad, y sólo con balazos pudieron detenerles. Castigaron a quienes ejercían su derecho a manifestarse, pero ¿quién castigó a Díaz Ordaz, a Corona del Rosal, a Luis Echeverría, a los integrantes del Batallón Olimpia?

La voz de los estudiantes logró resurgir a través de un movimiento que tomó por sorpresa a nuestro país con su espontaneidad, #YoSoy132 abrió la puerta para que las juventudes actuales salieran a las calles nuevamente a exigir sus derechos y una vida más digna, cuando las esperanzas de una movilización nacional de la juventud parecían muy reducidas.

México se encuentra al borde del abismo y en medio de una efervescencia social con recesión económica, con niveles inauditos de pobreza extrema y exclusión social, en medio de una ola violenta de inseguridad de la que se ha decidido no decir nada, como si con ello desapareciera,  con grupos de autodefensa, con movilizaciones magisteriales en todo el país, con movilizaciones sociales contra la privatización petrolera.

La crisis de nuestros días tiene sus causas profundas en el depredador modelo neoliberal que generaliza la pobreza y enriquece a unos cuantos. Aunado al hecho de que, disfrazada de modernidad, la misma camarilla, corrupta y autoritaria, que gobernó en 1968, ha seguido cometiendo abusos y atropellos.

Como ejemplos de esas acciones están los casos de militantes de izquierda asesinados durante el Salinato, las matanzas de Acteal y Aguas Blancas, la represión en Atenco, las desapariciones forzadas tras la cortina de la guerra contra el narcotráfico de Calderón, y la actual campaña de criminalización de la protesta social.

Los menospreciaron, al igual que a las actuales expresiones de descontento social en amplias zonas del país. Antes, como ahora, el gobierno autoritario subestimo las múltiples manifestaciones que por 146 días inundaron las calles de la ciudad de México y sumaban cada vez más adeptos.

Así como ahora escuchamos al Secretario de Gobernación con respecto a las movilizaciones del magisterio, en ese entonces Luis Echeverría, secretario de gobernación con Díaz Ordaz anunciaba un diálogo fingido con maestros y estudiantes vinculados al problema “para cambiar impresiones con ellos y conocer en forma directa las demandas que formulen y las sugerencias que hagan, a fin de resolver en definitiva el conflicto que ha vivido nuestra capital en las últimas semanas y que ha afectado en realidad, en mayor o menor grado, a todos sus habitantes”. Justificándose como ahora, que cualquier acción que se emprendiera con respecto a las manifestaciones, tenía como fin liberar a la atribulada ciudad de México de las manifestaciones que la tenían ahorcada.

Díaz Ordaz, con respecto a las movilizaciones estudiantiles, afirmaba en su cuarto informe de gobierno: “Hemos sido tolerantes hasta excesos criticados, pero todo tiene un límite y no podemos permitir ya que se siga quebrantando irremisiblemente el orden jurídico, como a los ojos de todo el mundo ha venido sucediendo”. El mismo discurso de ahora.

Así como en 1968, para Díaz Ordaz, la matanza de Tlatelolco significó un acto para liberar las plazas y dejarlas limpias de manifestaciones para poder festejar las Olimpiadas en México. Peña Nieto recurrió al mismo argumento para desocupar el zócalo y poder conmemorar las fiestas patrias, y dar el grito de independencia. Solo un gobierno fascista le da más relevancia a los símbolos y a la parafernalia del poder, que a las libertades e integridad de la población

Así como los medios de comunicación, en 1968, al servicio del régimen, se referían a los manifestantes como rebeldes y criminales, el aparato de propaganda de nuestros días se encargan de criminalizar las protestas, ahondar el malestar ciudadano ante las manifestaciones, invisibilizar los hechos y contar la historia con base a un guión publicitario.

Se dirá que a diferencia del 1968, hoy hay una democracia pujante y una pluralidad de partidos. Pero es falso. En cada elección se ha encontrado la manera de hacerle fraude. La pluralidad de partidos no ha respondido a las expectativas de la ciudadanía, menos aún, cuando el Pacto por México, a sustituido al partido único. Tal como sucedía en el viejo régimen.

Este 2 de octubre, debe ser la ocasión para reflexionar sobre el rumbo que debe tomar el país y aprender de la historia.

Prevalece en el gobierno de Enrique Peña Nieto la vena autoritaria del diazordacismo y el sometimiento a los poderes fácticos del salinismo, podríamos rememorar el 18 de brumario de Marx cuando dice que la historia se repite, la primera como tragedia y la segunda como farsa.

Vivimos así una restauración autoritaria y conservadora.

De la mano del Pacto por México, instrumento supra constitucional que ha prostituido la vida política del país, secuestrado al Poder Legislativo y atenazado el diálogo social, nuestro país vive una involución política.

Nos encontramos en una fallida transición a la democracia, en la cual se ha venido gestando un estado policiaco donde los símbolos de este poder omnímodo son el tolete, los escudos, los gases lacrimógenos, las tanquetas, por encima del convencimiento, el diálogo y la razón.

Se falsifica el lenguaje desde el poder, como un nueva muestra de un autoritarismo más sofisticado, pero no menos perverso.

Hay un retroceso en derechos humanos,

Siguen las desapariciones forzadas y la delincuencia anda desatada

La justicia del país está podrida, está sujeta al mejor postor y a los que tienen compromisos con los poderes fácticos.

Desde el Estado se ejerce una violencia irracional, se agrede a trabajadores, maestros, clases medias, pequeños y medianos empresarios, padres de familia.

Es reprobable que policía se utilice para reprimir al pueblo, mientras la  delincuencia sigue campante en el país y narcos salen de cárceles.

Nunca aceptaremos la violencia y la represión para resolver conflictos sociales.

Hoy, el 2 de octubre no sólo no se debe olvidar, sino que debe estar vigente para retomar el camino democratizador que se cimentó en 1968.

El 2 de octubre es el símbolo histórico de lucha y resistencia del pueblo mexicano que sale a las calles a defender sus derechos, a su gente y a su país. Es el recordatorio constante de que en México existe una ciudadanía consciente y rebelde que construye un nuevo país a pesar de la cerrazón del régimen.